La IA bajó el costo de hacer, no el de hacer bien
Aprendí a programar en 2021. Y lo primero que entendí fue que la máquina no perdona. Le pedía una cosa exacta y me daba exactamente eso. Un signo fuera de lugar y nada funcionaba. Era un trabajo de precisión, lento, casi de relojería: cada pieza puesta a mano, entendiendo por qué iba donde iba. Avanzaba despacio, pero entendía el sistema entero por debajo.
La inteligencia artificial cambió el ritmo. Hoy le pedís algo a una máquina y te lo devuelve en segundos. Lo que antes llevaba días, ahora llega de golpe, a presión. El caudal que apareció es real, y es enorme.
Pero el caudal nunca fue el problema.
Generar mucho, rápido, dejó de ser difícil. Lo difícil es saber hacia dónde mandarlo. Se puede producir una cantidad enorme de algo que se ve terminado, que funciona en la demo, que impresiona en una reunión, y que se desarma con la primera exigencia real. Un sistema que anda con diez clientes y colapsa con mil no falla por falta de caudal. Falla porque nadie pensó por dónde iba a correr el agua cuando llegara de verdad.
Eso es lo que la abundancia esconde. Cuando algo cuesta, lo pensás. Cuando sobra, lo desperdiciás sin darte cuenta. La IA volvió casi gratis la parte que antes era cara —producir— y dejó intacta la parte que siempre fue la difícil: decidir qué construir, qué dejar afuera, y qué va a aguantar cuando le pongas peso encima.
Lo vi de cerca. Un proyecto que arrancó con mucha energía y pocas cabezas, se cayó, y volvió a levantarse meses después. La segunda vez no anduvo por tener más de nada. Anduvo porque nos sentamos a pensar por dónde tenía que ir cada cosa antes de abrir la canilla. El agua siempre estuvo disponible. Lo que faltaba la primera vez era el plano.
Hoy a casi cualquier empresa le ofrecen IA por todos lados. Y quien la dirige, que rara vez es ingenuo, siente que algo no cierra: si es tan fácil, ¿por qué tan pocas cosas terminan funcionando de verdad? La respuesta incómoda es que abrir la canilla es lo fácil. Lo que sigue siendo difícil —y por eso sigue valiendo— es el criterio para que toda esa agua llegue a algún lado y no termine inundando el piso.
La IA bajó el costo de hacer. No bajó el costo de hacer bien. Y esa distancia, hoy, es la que separa lo que impresiona en una pantalla de lo que sigue funcionando cuando nadie está mirando.
Aunque, siendo honestos, este soy yo abriendo una canilla para que opinen de mi opinión. Si llegaste hasta acá, decime si algo te salpicó.
Seba López Cruz
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